Dejarte, de verdad dejarte.
Dejarte ir, entre otras cosas, ha sido la prueba de que el infierno existe, y vuelvo ahí cada vez que cierro los ojos y te escucho hablarme murmurando secretos que hieren.
En mis ojos los tuyos cerca y lejos, en mi corazón la demencia de un amor fugaz y en tus manos la memoria de mi piel.
Dejarte ir, con el dolor de mil recuerdos que desgarran con fuerza, como una pesadilla que no acaba, sin más remedio que envenenarme de olvido y anesteciar ese sentimiento que resiste.
Dejarte ir y encontrarme al fin, sola, sosteniendo pequeños pedazos de lo que fuí, de lo que aún soy.
Dejarte ir, y ya no llamarte amor, mi imposibilidad perfecta, mi definitivo adiós.
En mis ojos los tuyos cerca y lejos, en mi corazón la demencia de un amor fugaz y en tus manos la memoria de mi piel.
Dejarte ir, con el dolor de mil recuerdos que desgarran con fuerza, como una pesadilla que no acaba, sin más remedio que envenenarme de olvido y anesteciar ese sentimiento que resiste.
Dejarte ir y encontrarme al fin, sola, sosteniendo pequeños pedazos de lo que fuí, de lo que aún soy.
Dejarte ir, y ya no llamarte amor, mi imposibilidad perfecta, mi definitivo adiós.
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